martes, 24 de mayo de 2016



Al borde


   Ya no nos queda nada. Vivimos del pasado y nos alimentamos de sus sobras. Nuestros lobos están famélicos al igual que nuestro orgullo. Somos fantasmas de un tiempo que fue bueno, somos la desidia del mundo. Fuimos grandeza en su momento, y ahora nos convertimos en lo que más odiamos. Nos convertimos en esclavos. 
    Estamos al borde del precipicio. 
    Y ya no nos queda un futuro.
    Nuestros gritos de guerra se han convertido en gemidos.
    Somos soldados sin patria ni escudo.
    Éramos bellos y gallardos, éramos dignos de presunción, éramos íntegros y amados. Éramos respetados. Éramos temidos. Sobre nuestras cabezas se posaba el gran ojo, el de ese dios prematuro, de ese Gran Señor Moribundo que nos mimaba con cariño de viejo y llenaba nuestros pechos de su hermoso oro. Éramos lo mejor que hubo tocado este horrendo jardín de barro al que ustedes prefieren llamar “mundo”.
    Y ahora ya no somos nada, más que una basura en el ojo, una promesa quemada, un tesoro profanado. Nos han socavado, nos han humillado, han orinado sobre nuestros ojos los soldados malévolos del Hado. Las bestias que dormían a nuestro lado devoran ahora y con hambrienta desesperación los cadáveres de nuestros infortunados, ya no respetan a sus amos.
     Nos han ultrajado. 
     Nos han robado.
    ¡Nos han masacrado!
     Para luego abandonarnos a la deriva de nuestra vergüenza, despojados de nuestra grandeza, sin una sola mano para levantarnos siquiera. Nos han corrompido gravemente, llegando hasta el punto de asesinar a nuestros hermanos en violentos actos de terrible inconsciencia. El hambre nos hace malvados: nos heridos, nos robamos, no hay respeto entre nuestra propia gente, porque simplemente ya no hay señores ni Estado. Nos encontramos ahora en medio de los despojos, coléricos, frustrados y hambrientos, devorándonos los unos a los otros, esperando en la oscuridad la caída de alguno de los nuestros. O de otros. Porque a la hora de clavar la daga, no hay nacionalidad, escudo ni miramientos.
     A la hora de bajar la guadaña sólo hay odio, rencor y sufrimiento.
     Somos la sombra de algo que fue bueno.
     Somos los herederos perdidos de un linaje muerto. 
     Ayer fuimos lobos, y ahora somos perros.
     Pero eso no detiene que aullemos, con odio, a esa luna de acero.
     Por un poco de remordimiento, por un poco de salvación, por algo que venga y pudiese librarnos de nuestra triste situación. O matarnos, por lo menos. Porque sólo Dios sabe lo cobardes que somos para hacerlo. Y lo osados que nos hemos vuelto para llevar a cabo otros actos siniestros. Somos monstruos funestos. Estamos perdidos por completo. No nos queremos. Y no los queremos.
       Los mataremos si podemos.
      Calmaremos nuestra sed con sus huesos.
      Y jamás nos detendremos.
      Porque este hambre es un legado eterno que sólo terminará cuando perezca hasta el último de nuestros malos recuerdos. Hasta la última de nuestras prostitutas, bastardos y viejos.
      Estamos al borde del precipicio, pero no caemos.
    Miramos hacia abajo, pero no nos atrevemos.
    Estamos perdidos, y lo sabemos.
    Nos odiamos con esmero.
    Y por eso, nos comeremos sus huesos.
    Ya no somos lo que éramos, hemos perdido la moral de nuestros ancestros.
    Gruñendo en el abismo, preguntando cuánto nos queda en este mundo horrendo.
    Mordiendo nuestros cuellos y cabezas, esperamos que el otro caiga primero.
    Porque nos odiamos, porque los odiamos, ¡y los desgarraríamos si pudiéramos!

    Estamos al borde del precipicio, sin retorno, alma ni sueños.   



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