lunes, 9 de mayo de 2016



Lágrima inmigrante



   Son tantas las emociones en este cuerpo, tanto el contenido narcótico que corre en estas estiradas venas repletas de desespero… Respiro con dificultad sobre este catre de acero, me siento asfixiado en las cuatro paredes de este departamento. Fuera se encuentra el sol, pero aquí dentro todo es frío y austero. Aquí dentro es donde yo me restriego las manos con nerviosismo y me acurruco, tembloroso, esperando que me devoren los recuerdos.
   Esto es miedo.
   Esto es pavor.                         
   Y me quema los huesos.
   Camino con la mirada agitada y una piedra en el pecho. Camino y observo, con la vana esperanza de encontrarlos de nuevo. En algún rostro, en algún recoveco de este paraíso maléfico. Me aferro como puedo- y sin querer- a cualquier muestra de afecto, sabiendo que jamás podrá llenar ese vacío en mi pecho, que su ausencia involuntaria ha dejado en mi cuerpo. Como un cachorro perdido que sabe que jamás encontrará a su dueño, pero que de todos modos, busca en los mismos lugares, con la misma estúpida emoción, en todo momento.
   Esta melancolía acabará conmigo por completo.
   No es la soledad lo que quema, sino el hecho de saberlos lejos.
   Tan lejos.
   Hago lo que puedo con este cuerpo.
   Hago lo que sea para matar el tiempo.
   Y, por las noches, muero. Muero en los recuerdos, en espejismos pictográficos donde puedo verlos, donde puedo oírlos, donde- a veces- puedo hasta tocarlos con las yemas de los dedos. Sus risas, sus gestos… todo se ve tan real y correcto. Y sin pensarlo dos veces me pierdo por un momento, me ahogo insanamente en ese ficticio encuentro. Para luego despertarme, ver esa cama vacía, y llorar en silencio.
   Y llegar a la terrible conclusión de que no están aquí.
   De que me encuentro solo y rodeado de nadies.
   Ellos no están aquí.
   A veces, temo olvidar el timbre de sus voces y desespero.
   A veces, me aterra la idea de no volver a verlos.
   Y es entonces cuando empiezo a temblar y rezo porque no me atrapen los recuerdos.
   Vivo agobiado durante el día y por las noches muero.
   Esta nostalgia psicótica me devorará por completo.   
   Pero ellos no pueden saberlo, ellos creen que vivo el sueño.
   Manteniéndome sonriente mientras grito por dentro.
   Ellos no deben saberlo, ellos no pueden saberlo. 

   Esta lágrima inmigrante será, por siempre, mi mayor secreto. 



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