lunes, 16 de mayo de 2016



La única verdad



  Las bombas resonaban por doquier, los gritos inundaban el aire con sus cantos cancerígenos y la sangre empapaba el horrendo asfalto. Ella limpió el líquido rubí de su máscara que le impedía ver y miró hacia delante: aún no había llegado la orden, por lo que debía quedarse allí unos minutos más, u horas quizá. Sus músculos estaban hartos cansados a causa del abuso, sus manos magulladas por los golpes, los guantes sudorosos que magullaban su piel y su corazón latía frío como el hielo, porque en la guerra simplemente no puedes llevar contigo el sentimiento.
  Ella rió secamente: sentimiento… ¿de qué sirve eso? 
  Creía  haber oído algo sobre ello de boca de sus abuelos, pero eso fue hacía mucho tiempo atrás y aquellos pobres viejos apenas sí sabían dónde estaban parados: pertenecían a otro mundo, un mundo más utópico y más tranquilo, más pacífico y quizá más querible. Por unos segundos, sus pupilas se perdieron en la imagen abstracta de aquél extraño espacio, donde las familias sí existían y festejaban tu existencia una vez al año, donde al nacer tenías un nombre con el cual identificarte y sentirte especial, donde amar no era sólo el sinónimo de procrear…
  Qué extraño le sonaba aquel mundo.
  Y el sonido de otra bomba la devolvió a la realidad. A su realidad.
  Ella se incorporó y acomodó el arma sobre su hombro: ésa era la señal.
  La imagen irreal se disipó en su mente y sus ojos se ensombrecieron nuevamente.
- ¡W, arriba!
   Ése era M, su compañero y su presencia tan temprana sólo significaba una cosa: estaban retrasados. W se mordió el labio inferior con irritación y con la horrenda sensación de que aquella misión sería más difícil de lo que se había imaginado.
- Maldición… - murmuró, furiosa, mientras se incorporaba y cargaba la munición de sus armas nuevamente.
- ¡W!
- ¡Voy! 
   Y corrieron en dirección al centro de la ciudad.
   Su tarea era sencilla: debían infiltrarse en la base provisoria de Los Cavernarios  y saquear su base de datos. Hackear el sistema a esta altura no sería lo dificultoso sino llegar puesto que la cantidad de guardias y fuerza enemigas resultaron considerablemente más grandes y poderosas de lo que su espía había informado y El Jefe había preparado la misión acorde a esa información.
   W estaba furiosa.
   M nervioso.
   Y el mundo desquiciado.
   Esquivaron cadáveres amigos y enemigos, bombas aún no detonadas y cráteres de las que sí explotaron. La ciudad era ahora un horrendo escenario de muerte y destrucción, de gritos y gemidos, de culturas y anti-culturas donde la verdad era el premio y la realidad no podía ser compartida. W se detuvo por unos segundos en cuanto vio el cadáver de D enzarzado sobre una viga oxidada de, lo que había sido apenas unas horas atrás, un lujoso hotel y no pudo evitar sentir un nudo en el estómago: aquel había sido su mejor soldado.
- ¡Herejes!
   Un grupo de Cavernarios aparecieron de entre los escombros, algunos ensangrentados otros con sus uniformes intactos y otros con miembros despedazados, y apuntaban hacia ellos amenazadoramente. La ira ante la pérdida provocó que W se lanzara hacia ellos y matara a cinco de los siete a punta de pistola, pero esa misma impulsividad casi le cuesta caro en cuanto uno de los moribundos se aferró a una de sus piernas y la arrojó al suelo completamente indefensa ante uno de sus enemigos, quien ya había quitado el seguro de su pistola.
   Pero un repentino hilo de sangre entre sus cejas le dio a entender que M había hecho de las suyas, al igual que con el otro Cavernario: en cuestión de segundos, el maldito se encontraba muerto en el suelo y ella estaba incorporándose. 
- Gracias, M. – dijo secamente W sin mirar siquiera a su subordinado mientras recuperaba sus armas del suelo sintiéndose completa nuevamente.
- Agradéceme cuando lleguemos a la base. – dijo el otro, en el mismo tono carente de emoción, mientras se hacía a un lado respetuosamente para que pasara.
- Si es que llegamos.
   Y ésa vez ambos sonrieron: porque en su mundo la muerte era tan cercana que no podía tomarse en serio y la vida tan horrenda que no la extrañarían.
   Retomaron la carrera, entre disparos y gemidos sordos, entre golpes y charcos de mugre y sangre, hasta que la figura de la base comenzó a hacerse ver a lo lejos cual improvisado y horrendo castillo de naipes, que W y M esperaban poder derrumbar: nada deseaban ellos más que eso.
   En cuanto llegaron a un perímetro seguro entre ellos y el objetivo, colegas de otras divisiones comenzaron a aparecer entre las sombras en silencio, pistola en mano. W recorrió la mirada en cada uno de ellos, mezcla de cariño y tristeza porque sabía que los que no habían podido llegar ya estaban muertos.
   Pero no había tiempo para eso: tenían una misión que cumplir.
  Y mientras se preparaban para el ataque, M se volvió hacia su Teniente.
- Me pregunto cuánto duraremos allá.- comentó, antes de acomodarse las botas y cargar su arma de nuevas municiones. Intentaba no demostrarlo, pero el sólo hecho de saber que aquél podría ser su último día le incomodaba un poco.
- ¿Eso importa? – replicó W con dureza, sin apartar la mirada de los demás subordinados- Mientras haya más soldados que puedan seguir nuestros pasos, podremos morir tranquilos: todo sea con tal de preservar la verdad.
   Sus palabras fueron dichas con tal solemnidad y bravura que M no pudo más que sonreír y sentir  una gran admiración por su Teniente y orgullo por ser su mano derecha ¡Cuántos habrían dado un brazo por estar en su lugar! La pasión de su superior era contagiosa y el temor de M fue reemplazado rápidamente por una gran excitación: si aquél sería su último día él se encargaría de que fuera el mejor.
- Esos herejes conocerán hoy el Infierno. – dijo M en respuesta y con la mano ocupada en su pistola temblando, ansiosa por un blanco.
    Y esa vez, W lo miró.
- No pudiste haberlo dicho mejor, M. – le dijo, con una rápida sonrisa, antes de volverse nuevamente a su ya preparado escuadrón y decir: -  Ya conocen el camino muchachos, ¡andando!
    Sus hombres asintieron con un rápido gesto de cabeza y se dispersaron en grupos irregulares para rodear la infraestructura en silencio. Y sin decirse palabra alguna, W y M se dirigieron junto con veinte guerrilleros más hacia la base, con el corazón congelado y la mente ocupada en un único propósito: hacer prevalecer la verdad.
    Y en el medio del frenesí, otra bomba explotó.
    La Luna se teñiría de rojo esa noche.
    Lejos de aquella escena, El Jefe observaba a través de las pantallas gigantes de su base blindada con el rostro inexpresivo y la barbilla descansando en una mano, su barba rizada lamiendo los bordes de la mesa de acero, los dedos de su mano libre tamborileando sobre el tablero de ajedrez frente a él. Con un vago movimiento, movió a su reina un paso adelante y sonrió.

    La única verdad sería la que prevalecería. 


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