lunes, 2 de mayo de 2016



Lo siento




   Creía que lo había olvidado, de veras creía que… sólo lo creía, pero es obvio que algo ha quedado.
   Un año entero de indiferencia forzada, lágrimas secas y pensamientos obtusos no bastaron para borrar tu rostro de mis pecados.
   Pero encontrarme contigo en esa noche sin luna, tus ojos intentando esquivar con ansiedad los míos, mis pupilas pegadas a tu cintura, mi piel recordando viejos recuerdos que creía…
   Aunque en el fondo, siempre supe que no era así.
   Fue inevitable, fue magnético, fue la urgencia la que provocó que nuestras miradas se chocaran. Pero éramos solo dos sombras.
   Nuestros sentimientos se secaron.
  Me miraste con odio por unos momentos, y yo no pude más que sonreír para mis adentros pensado lo bella que te veías en medio de tu tormento.
  Pero jamás te lo diría, jamás te lo he dicho.
  ¿Habrá sido eso lo que me alejó de ti?  ¿Mi falta de sinceridad, mis idas y vueltas? ¿Los arrebatos de mi piel?
   Me merezco tu odio, y lo sé. Deséame lo peor pero hazlo despacio, mantén unos segundos más el contacto,  déjame ahogarme en esos ojos una vez más antes de que te pierda nuevamente, antes de que vuelvas a esconderte entre aquellos rostros inertes, carentes de expresión.
   Y la indiferencia me carcoma, nuevamente.
  ¿Podría tomarme el atrevimiento de decir lo bello que es tu desencanto?
   Eres hermosa en todas tus formas de expresión.
   Aunque jamás lo sepas, aunque jamás escuches esta confesión.
   Fue cuando nuestros ojos se chocaron cuando me di cuenta de lo obvio: de lo estúpido que fue dejarte ir. No debí, pero es obvio que no tengo amor por mi persona, y mucho menos por ti. Tan sólo una admiración muda hacia tu rudeza, hacia esa forma primitiva con la que demuestras  tu sentir. Esa exposición de emociones tan ingenua con la que te degradas y arruinas tu corazón de forma infantil.
   Eres hermosa.
   Pero creo que ya lo sabes.
   Eres petulante.
   Y  me encanta.
   Pero, por sobre todas las cosas, eres rencorosa.
   Y eso me fascina. 
   Aquellos cinco segundos bastaron para que el tapón en mi corazón se derritiera y mi mente colapsara. Aquellos cinco segundos fueron tres años de recuerdos recuperados. Tres años de amor visceral que jamás olvidaré.
   Y, al parecer, tú tampoco.  
  Amor, no me mires así.
   Ay, hermosa, cuánto lo siento.
   Entre todas las personas en aquél bar, elegiste a la menos indicada para regalar tus sentimientos.
   Y sólo puedo pensar que lo siento, porque jamás lo voy a admitir
   Aprendí a querer, pero no a amar. Aprendí a conseguir, pero no a valorar.
   Soy un monstruo sin corazón.
   Y por eso, lo siento.
   Amor, no me mires así.
   Ya encontrarás alguien que te quiera de verdad. 
   Finalmente, rompes la conexión, y te vas.
   Y miro, con aturdimiento, lo que queda de tu sombra, y no puedo evitar sonreír consciente de que obtuve todo de ti. Porque muchos pueden tener tu amor, algunos tu compasión, pero pocos tu odio.
   Y yo lo tuve todo.
   La noche se va, y comienza a salir el sol, dándole un poco de calor a esta horrible calle de perdición. Y con mis pupilas aún saboreando la última visión, me fui, consciente de ya no tenía más nada que hacer allí. Consciente de que no volverías.
   Consciente, por vez primera, de que te perdí.
   Ay, mi no amor… cuánto lo siento.

   Hasta otra vida, hasta otro herir.  



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