martes, 17 de mayo de 2016


Los soldados que nadie ve



   Soldados de  la guerra, soldados de la política, soldados de la religión, soldados del intelecto…
   Siempre habrá alguien que los apoye, siempre habrá alguien que los adore, siempre habrá alguien que de ellos se rebele. Pero, a pesar de todo, los tienen en cuenta: ellos existen en las mentes colectivas y las alabanzas y los elogios y los altares se tienden ante sus pies. Y los golpes y la ira y los enfrentamientos también.
   El mundo ama a los soldados.
   El mundo está repleto de ellos y las culturas cosen sus banderas en torno a sus ídolos sangrientos y miran al Cielo buscando a algún dios que pueda verlos como el niño que al padre se enfrenta y quiebra su altar con tristeza y desprecio.
   El mundo busca dioses humanos.
   Y para ello escogió a los soldados.
   Visten a sus guerreros con bellos uniformes, los alimentan con el más costoso de los centenos, los preparan para morir con honor, sus ataúdes son de oro blanco, marfil y cedro. Y cuando parten hacia la batalla sus pueblos cantan para ellos y les dan palabras de aliento y los convierten en los héroes de los próximos cuentos.
   El mundo necesita sacrificios sangrientos.
   Y para ello creó las guerras.
   Pero yo no vine a escribir sobre ellos, no, sino por los soldados que nadie ve, por los que nacieron peleando y aún lo hacen, bajo el amparo de nadie y sin ninguna motivación o aliento. Quiero ser la voz de esos combatientes que nadie oye o quiere oír, quiero ser la vocera de esos luchadores que día a día se desploman ante la crueldad de un mundo que jamás los vio venir.
   Esta prosa es para todos los que afrontan sus propias guerras, para aquellos cuya vida jamás les regaló nada, para aquellos que, a fuerza de voluntad, han creado su propia bandera y se han levantado para decirle “basta” a sus problemas. Escribo para los huérfanos, para los damnificados, para los solitarios y los pobres: para todos los que la vida, a fuerza de golpes, ha convertido en soldados del día a día. Porque para estos combatientes la guerra nunca termina y el uniforme jamás dejará de estar manchado, porque nadie limpia sus heridas ni llora sus muertes cuando el peso es tan grande que logra quebrarlos.
   Y no hay bellos ataúdes ni cánticos para estos soldados ni hay altares ni tiernos cuentos, siquiera alguien que se digne a recordarlos. Ellos están solos con su soledad y sus guerras, luchando por el futuro que no llega y por una felicidad que les fue negada porque han roto sus cunas y asesinado sus metas. Sus medallas son sus logros, y sus logros unas horas más en esta tierra de malos sueños que por la mañana vuelve a enfrentarlos, a exigirles y a retarlos. Estos soldados no conocen el cansancio y duermen con los ojos abiertos, con una daga en la mano y un olivo reseco descansando en sus pechos. Ellos no saben lo que es el pasado, porque fueron obligados a enfrentar el presente y luchar por un futuro que nunca llega.
   Y no importa cuánto lo intenten: el camino jamás culmina.
   Y no importa cuánto sigan intentando: una Muerte indecorosa siempre les llega.
   No hay honor para ellos ni consuelo en esta tierra, sólo lodo, dolor, sangre y gemidos que a nadie llegan. Luchan a pie, sus armas son piedras y sus trincheras hoyos hediondos que a la muerte alientan: no hay aliados ni dioses para los combatientes de los que hablo, no hay una patria ni un amigo siquiera. Ellos están solos, a la deriva de sus sombras y sus temores, acurrucados en sus catres de barro e hiedra esperando por la mañana agitados, sin saber si sobrevivirán, ni quién los atacará, ni por qué les tocó destino tan cruel siquiera.
   Pero así como llegan sus preguntas las abandonan: y es que la vida no espera. Y es que no tienen tiempo para pensar, ¡los enemigos son tantos y sus armas tan pobres!  La luz de sus lámparas son escuálidas y apenas rasguñan la oscuridad, sus botas están rotas y por ellas entran piedras que hieren su andar. Pero, a  pesar de todo, siguen caminando, ignoran la sangre y desafían a la vida con una valentía tan fuerte que amedrantaría a cualquiera de los demás soldados, sin estandartes ni trompetas, sin perros ni metralletas. Ellos pelean con sus manos y con ellas luego cavan sus trincheras, ellos aúllan a una luna de asfalto sin importarles no recibir respuesta.
   Ellos son el eslabón perdido de esta jungla de asfalto, los fantasmas de esta sociedad austera que se abren paso entre mordiscos y arañazos con tanto ímpetu que hacen temblar el mundo, porque éste sabe que son temibles y poderosos a su manera. Pero ustedes no lo ven siquiera: tan ahogados están en su triste gloria, tan maravillados ante el brillo de esos uniformes que no pueden sentir el sismo que ruge bajo sus pies ni esas gargantas que gritan con fuerza.
   Ellos son los soldados de la vida, los luchadores de profesión, los que no necesitan apoyo del plomo porque sus corazones son de acero. Ellos son los que desayunan dolor, almuerzan frustración y cenan desapego, pero jamás les oirás quejarse, jamás les verás vencidos por completo: pareciera que los apoya alguna especie de dios salvaje, ¿de dónde consiguen tanta energía? No lo comprendo.
   Recorren las calles con la cabeza erguida, desafiando siempre a la vida con una mirada repleta de una fiera valentía que se expande con fuerza y golpea tu alma con tanto ímpetu que quieres llorar, gritar y reír. Damas y caballeros vestidos de mendigos, lobos disfrazados de perros, leones con piel de cordero… eso es lo que son para mí estos soldados sin sargento que se mezclan con nosotros en este vaivén monótono y rutinario, siempre con una misión, siempre con esa determinación en sus movimientos que te provoca detenerte y observarlos con admiración.
   Mis letras son para esos luchadores, los héroes de esta humilde prosa que me atrevo a escribir.  Para esos a quienes la vida escupe cada día y los deja al triste amparo de su porvenir. Para esos que no se rinden y miran hacia delante y hacen del mundo su campo de batalla y de la Muerte su enemigo austero. Para los que no se entregan a las fauces de la Gran Sombra y escarban entre las rocas en busca de tierra donde cultivar sus anhelos.
   Estas letras son para esos soldados.
   Para los soldados que nadie ve.

   Y cuando llegue mi momento de luchar, quisiera hacerlo como ellos.  

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