jueves, 5 de mayo de 2016

¡Segundo capítulo!



Rebecca Hudgens
(Y el chico llamado Bryan)




    Pese a que la aparición de Kimberley fue genial, en cuanto terminaron las presentaciones y cada- ¿alumno? ¿Campista?- retomó sus actividades, la pelirroja recordó dónde se encontraba y todos sus ánimos volvieron a tocar el suelo.
-          ¡No te quedes ahí, tenemos que inscribirnos a las clases!- le apresuró Andrea, tomándola nuevamente de un brazo para llamar su atención.- ¡O tomarán los mejores horarios!
-          ¿Los de tarde?- murmuró Rebecca, con desgano.
-          ¡Los de mañana!
   La chica puso los ojos en blanco y suspiró: entonces, ¿además de pasar sus vacaciones en un campamento de hipsters, debía madrugar? ¿Era en serio?
-          …Puta vida.
   Sin fuerzas ya para discutir, y totalmente entregada a la resignación, Rebecca asintió y se dejó llevar por su hiperactiva y autoproclamada amiga, hacia el corredor principal, donde una marejada de ansiosos artistas ya estaban luchando por alcanzar sus respectivas listas.  


*** 


   Rebecca no pegó un ojo esa noche.
   La verdad era que no recordaba la última vez que durmió fuera de casa: hacía mucho tiempo que no la invitaban a ninguna pijamada y ella misma no era proclive a salir a ningún lado, por lo que su vida social se limitaba entre la escuela y su casa. Y no es que se muriese por volver con su familia- estaba muy lejos de ello- pero una parte primitiva de sí misma añoraba su dormitorio, sus cosas y la familiaridad de su entorno en general.
   Y aquella cama era demasiado dura, y esas sábanas muy ásperas.
-          “… y entonces le dije no, ¡que lo sabía todo!   
-          … ¡Qué fuerte!...”
    …Y las paredes, demasiado finas.
    Rebecca suspiró: a menos que Kimberley se convirtiera en su compañera de cuarto, no veía cómo lograría sobrevivir a aquél estúpido campamento. 
    Una repentina vibración la quitó de sus pensamientos, y Rebecca levantó la en dirección a su maleta: oh, mierda, había olvidado por completo que su padre la llamaría. Con cierto nerviosismo, la pelirroja se volvió hacia la cama de enfrente, donde su compañera dormía abrazada a su almohada y, pareciera, ajena al mundo.
    Mejor así.
    Haciendo lo posible por no despertar a Andrea, Rebecca bajó de su cama y se acercó sigilosamente hacia su equipaje, antes de revolver entre sus pertenencias y tomar el pequeño aparato- el cual no dejaba de zumbar- para encontrarse con treinta llamadas perdidas, diez mensajes de texto y cuatro de voz. Todos de Lily y su padre.
-          Pero qué pesados. – gruñó Rebecca, levantando una ceja con incredulidad, ante la larga lista de notificaciones en la pequeña pantalla.
    Aunque, si lo pensaba mejor, sí era verdad que quizá no le hubiese costado tanto trabajo llamarlos y decirles que se encontraba bien. En un campamento de verano, contra su voluntad y completamente desdichada. Pero entera.
    Tras unos segundos de silencioso remordimiento, la pelirroja puso los ojos en blanco y se dirigió al menú de su móvil, para clickear en la sección de mensajes. Pero su dedo resbaló, sin querer, hacia uno de los que le hubieron enviado, y éste se abrió.
     Era de su madrastra.

    “From: Lily
      To: Rebecca
      ¡Hola, vida! ¡Lamento mucho no haber podido despedirme esta mañana, pero mi jefe es un tirano! ): Sé que estarás enojada y que, de seguro, me odiarás por haber convencido a tu padre de llevarte allí, pero te ruego que no te ensañes con él, ¡quiere lo mejor para ti! ¡Y la verdad es que no puedo verte así, tan sola y triste…!”

-          ¡Oh, por el amor de…!
   Andrea farfulló algo ininteligible en sueños antes de moverse un poco entre las sábanas, y Rebecca calló y se mordió el labio, al mismo tiempo que bajaba la vista para seguir leyendo:  

     “… todo el tiempo en tu dormitorio y sin amigos! ¡No quiero que crezcas así, quiero que seas feliz! Y sé que no me corresponde decirte esto, pero no deberías dejar que el pasado te agobie tanto, teniéndonos a nosotros aquí y…”

   Los dedos de Rebecca temblaban tanto, a causa de la rabia, que apenas sí podía seguir leyendo. 
-          Tienes razón. – murmuró la pelirroja, con las mejillas encendidas de la furia y respirando agitadamente.- No te corresponde decir nada.
    Rebecca levantó la mirada del móvil y chasqueó la lengua, incrédula e irritada ante el nervio de aquella mujer: ¿era en serio? ¿Todo aquello era en serio? ¿Quién mierda se creía que era, esa don nadie, para decirle a ella qué debía hacer? ¿Y para referirse a… a su pasado como si ella fuese parte de él, como si tuviese el derecho?
    ¡No tenía por qué! ¡Eso era privado! ¡Algo entre ella, sus padres y sus cicatrices! ¿Y quién se suponía que era esa imbécil para hurgar en sus heridas de esa manera? ¡Ni siquiera era parte de su familia!
-          Lo siento, viejo…- murmuró la pelirroja, antes de silenciar el móvil y arrojarlo de nuevo al interior de la maleta, con rencor.- Pero no lo siento.
   A fin de cuentas, también era su culpa que ella estuviese allí.
   Y, con un último gruñido, volvió a su cama y se preparó para una larga noche de insomnio y amargura.   


 ***

-          ¡Rebecca, despierta! ¡Llegaremos tarde! 
   La pelirroja se revolvió entre las sábanas, dispuesta a retomar el sueño.  Y Andrea suspiró, antes de saltar sobre su cama y comenzar a agitarla por los hombros, cual si se tratase de alguna especie de hiperactivo caniche mutante.
-          ¡Levántate, vamos!
-          Ya…para…- gruñó ésta, frunciendo el ceño y sin siquiera dignarse en abrir los ojos: quizá, con un poco de suerte, despertaría en su cuarto y toda aquella experiencia habría sido un mal sueño.
   Pero la realidad medía un metro sesenta y cuatro y estaba sobre ella, con ambas piernas apoyadas sobre sus cubiertas caderas y los brazos cruzados en clara señal de desaprobación: era obvio que Andrea no tenía planeado irse sola.
-          Si no te levantas, comenzaré a cantar. – dijo ésta, con tono amenazador. La bajista chasqueó la lengua y escondió el rostro sobre la almohada.- Y soy soprana, Rebecca. – le recordó Andrea, con una ceja alzada.
   Dios, pero qué insistente.
   Con un último y resignado gruñido, la pelirroja se quitó a su irritante compañera de encima y se sentó sobre el borde de la cama, lista para un- terrible- primer día de- forzado-campamento.
-          …Vale. – murmuró, apoyando ambos codos sobre sus huesudas rodillas y quitándose la maraña de cabello rojo del rostro. Cosa de la que se arrepintió sobradamente en cuanto un rayo de sol- reflejado desde la ventana del dormitorio- dio de lleno en sus soñolientos ojos.
    De la nada, un timbre comenzó a resonar desde el pasillo, anunciando el comienzo de la jornada, y Andrea dio un gritito desesperado, provocando que Rebecca- quien aún estaba lidiando con la pesadez del sueño- diese un salto, sobresaltada.
-          ¡Vamos, vamos, vamos! – le apresuró la cantante, tomando a la otra del brazo y utilizando su reducido peso para que la más alta se levantase.
    Cosa que no funcionó, por supuesto.
-          ¡Que ya voy, coño! – dijo Rebecca, mientras se desperezaba.
    Otro timbre. Y, esa vez, seguido por docena de pasos: al parecer, su irritable compañera no era la única obsesionada con los horarios.
    Y hablando de Roma…
    Andrea miró hacia la puerta, con las mejillas encendidas por los renovados nervios, y miró fieramente a la pelirroja antes de chillar:
-          ¡LEVÁNTATE!
    Aquél grito fue más eficaz que un coro de sincronizados despertadores.
    Y, con los ojos bien abiertos- y completamente despierta- Rebecca se incorporó de un salto y fue por su ropa, sin intención alguna de oír a ese proyecto de banshee nuevamente: ¡vaya pulmones que tenía escondidos esa la enana!
    En menos de cinco minutos, la pelirroja estaba lista- si un par de vaqueros arrugados, una camisa a cuadros verde que encontró en el suelo y sus botas de ayer podían considerarse como tal- y siendo empujada hacia la salida por Andrea, quien no paraba de murmurar cosas como “irresponsable” y “peores asientos” entre dientes.     
    Rebecca puso los ojos en blanco y suspiró: en serio, ¿cuál era el problema de esa tía?
-          ¡Vamos, vamos!  - le instaba la otra, cual improvisado mantra, y arrastrando a Rebecca con sorprendente fuerza hacia su destino, mientras se abrían paso entre campistas, murmullos dormidos y bostezos.  
    La primera clase era “Historia General de la Música Contemporánea”, y la verdad era, que Rebecca no quería averiguar qué tan “general” se suponía que era: ninguna clase con nombre universitario prometía contenido ligero, de eso estaba más que segura. Pero Andrea insistió tanto en la “importancia de comprender la raíz de lo que amamos”, que la otra no pudo más que acceder- a regañadientes- e inscribirse junto con ella… en la dichosa clase de las nueve. De la mañana.
   ¿Y debía agregar, también, el hecho de que era sábado?
   En serio, ¿qué clase de campamento de masoquistas era ése?
   Y en eso pensaba, cuando…  
-          Andrea.- dijo Rebecca, mirando por sobre su hombro con cierta precaución: tan apresurada había estado con prepararse, que no se hubo percatado de que el cierre de su bolso estaba mal cerrado.- Para…
-          ¡No!- replicó ésta, con irritación, y sin dejar de arrastrarla a través del concurrido pasillo- ¡Ya tenemos cinco minutos de retraso, y es tu culpa!  
-          ¡Pero…!
    Un coro de risas interrumpió sus quejas, en el preciso momento en que Andrea y ella daban vuelta la esquina del pasillo y se detenían en seco; para encontrarse con un grupo numeroso de campistas que se había segregado en medio del corredor, impidiéndoles el paso, y no paraba de reír.  
-          ¡…Y así fue como caímos en ese gallinero! ¡Una locura!
    Oh, Dios.
   El corazón de Rebecca dio un vuelco al reconocer la voz del muchacho de ayer. Y, por alguna razón que no supo explicar, unos deseos enormes de dar un rodeo y evitar aquél pasillo le invadió de repente.  
-          En serio, ¿nadie en este lugar respeta los horarios?- murmuró Andrea, por lo bajo y con desaprobación, mientras se acercaban hacia el grupo, en dirección al aula asignada.
    Rebecca no respondió: demasiado ocupada se encontraba intentando recuperar la compostura. Tenían que irse de allí. Y ahora.
    Y, poseída por un repentino y ansioso impulso, la pelirroja tomó a su compañera del brazo y- esa vez- fue ella quien comenzó a arrastrarla hacia delante con la cabeza gacha.
-          Vamos.- fue lo único que dijo, en respuesta a la mirada inquisitiva de su amiga.
-          ¿Y ahora qué te pico?- murmuró ésta, observándola entre la sorpresa y la preocupación: de seguro era por su rostro. A esas alturas, debía de estar como la grana.
    Y el sólo pensarlo le provocaba una ira enorme.
-          ¿No querías que nos apresuremos?- replicó, con brusquedad, y son poder evitar la desesperación en su voz. Andrea abrió y cerró la boca, atónita ante aquella repentina agresividad, y antes siquiera de que pudiese contestar Rebecca volvió a tirar de ella.- ¡Pues vamos!
    Tenía que irse de allí, alejarse lo más pronto posible de ese pasillo y…
-          ¡Ey, Roja!
    Oh, no.
    De repente, las risas y gritos se aplacaron y Rebecca se detuvo, embargada por un ridículo espanto: ¿ese chico estaba llamándola? ¿A ella?
    “No”, pensó, lívida como la piedra. “Debe ser otra persona, yo…” 
-            ¡Ey!
    Eso sonó demasiado cerca para su gusto. 
    Y, cuando Rebecca quiso darse cuenta, tenía al muchacho frente a ella. A unos centímetros de su rostro. Mierda, podía hasta contar los pelos de su barbilla, desde allí.
    ¿Y en qué diablos estaba pensando?
-           Se te ha caído. – dijo el extraño, mostrándole el anotador que llevaba entre sus dedos, con una sonrisa bonachona en su rostro alargado. Rebecca miró el objeto, y luego a su interlocutor, con los ojos bien abiertos y sin saber qué decir. – Tienes el bolso abierto. – agregó el extraño, encogiéndose de hombros y respondiendo a su tácita pregunta.
     Fue entonces que algo se revolvió en el estómago de Rebecca y ésta cerró los ojos con fuerza, enojada por su propia estupidez: pues claro que era por eso. “Estúpido anotador”, pensó, enojada sin saber por qué.
     Un silencio bastante incómodo se apoderó del pasillo, durante unos leves segundos, en los que el chico se le quedó mirando, extrañado, y Andrea observó a uno y otro, con igual emoción. Y, cuando la pelirroja se percató de ello, sus mejillas adoptaron otra gama de color.
-          Porque… es tuyo, ¿cierto? – inquirió Bryan, observándola con precaución,  rascándose la nuca con cierto nerviosismo.
     Andrea puso los ojos en blanco y le dio un codazo en las costillas, provocando que Rebecca volviese a la realidad con un nervioso respigo. “Mierda, di algo”, pensó, con desesperación, y sin saber hacia dónde mirar. “¡Lo que sea, joder!”
     Pero era como si sus labios se encontrasen sellados y su lengua pegada al paladar. “No, no, no, ¡por favor, no!”, pensó la chica, con un leve temblor: no le pasaba algo así desde aquella obra escolar, en primaria. Y, de más estaba decir, no había extrañado en lo absoluto la sensación.
     Dios, podía sentir todos aquellos ojos observándola, riéndose de ella… Y no quería ni ver la expresión en el rostro de ese chico: a fin de cuentas, no necesitaba hacerlo para saber que estaba haciendo el ridículo.
    Y no pudo soportarlo más: sin siquiera pensarlo, arrancó el anotador de las manos del pobre muchacho y retomó el paso.
-          ¿Qué…?- farfulló el chico, con justificada sorpresa. Pero Rebecca no se detuvo y, con más fuerza de la que debiera, tomó a su amiga nuevamente de la muñeca y caminó rápidamente hacia el aula; dejando al otro con la boca abierta y algo parecido a la indignación en su rostro. - ¡Pues, de nada!- dijo éste, levantando los brazos y ladeando la cabeza, con incredulidad.
    Y, por fin, los labios de la pelirroja se despegaron…  
-          ¡Nadie te pidió que lo levantaras!
    …Aunque quizá hubiera sido mejor que siguieran como estaban.  
    De más estaba decir, su interlocutor se encontraba noqueado ante tanta rudeza. Y eso era decir poco.
-          … ¿Okay?- murmuró éste, mirando la mano con la que- hacía tan sólo unos segundos- había sostenido el anotador.
-          ¡Ey, Bryan!– dijo uno de los campistas presentes, tras otro momento de incómodo silencio. - ¡Cuéntale a Brenda la historia del panda!
   Y, como si hubiese salido de algún mal sueño, el muchacho se volvió hacia el grupo y asintió.
-          Eh… ¡Sí, claro! – dijo, recuperando la sonrisa de su rostro y reuniéndose con ellos, de nuevo entre risas.
    Aprovechando la distracción, Rebecca aceleró el paso y abrió la puerta de un empujón, farfullando una disculpa al profesor, para arrojarse sobre el pupitre más cercano.
-          ¿Vas a explicarme qué sucedió ahí afuera?- le susurró Andrea, varios minutos después: a Rebecca le sorprendió que hubiese aguantado tanto tiempo sin preguntar.
-          ¡N-nada! No fue nada. – le aseguró ésta, débilmente, con la mirada firme en la pizarra que tenía en frente, y sin ver.

    Bryan, su nombre era Bryan. 



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