jueves, 12 de mayo de 2016

¡Tercer capítulo! :D




Rebecca Hudgens
 (Y la banda forzada)





-          ¡No estuvo tan mal!
-          ¿Que no estuvo tan mal?- replicó Rebecca, observando a su compañera cual si le hubiesen crecido dos cabezas.-  ¡Nos tuvieron allí sentadas durante tres horas! ¡TRES HORAS! – repitió, con exasperación: la verdad era que no recordaba haber tenido una clase teórica tan aburrida, siquiera en su escuela. Y eso, era decir demasiado.
    Andrea y ella caminaban a través del vacío corredor, entre bostezos y restregadas graduales de ojos: eran las ocho de la mañana y sábado, por lo que el resto de los campistas seguían en sus dormitorios, quitándose los últimos vestigios de la fiesta de la noche anterior. Una excelente oportunidad para coger los mejores horarios de las próximas clases... o eso afirmaba Andrea, por lo menos.   
-          ¡Ah, no exageres!- dijo esta última, poniendo los ojos en blanco, mientras tecleaba algo en su móvil: a diferencia de Rebecca, Andrea era- en el sentido más respetuoso de la palabra- una traga libros. Y, por ser una artista, era demasiado recta y exigente consigo misma, leyendo la teoría cual si se tratase de la Biblia y repasando las clases con furor de erudito.
   La chica no mintió cuando dijo que se tomaba el campamento en serio.
   “Cómo alguien puede gastar tanto dinero- y tiempo- en un lugar como éste, nunca lo comprenderé”, pensó Rebecca, mirando de reojo a su compañera y suspirando. Y es que, de veras, ¿clases a nivel escolar? ¿Exámenes semanales? ¿Y sábados matinales forzosos? Aquél lugar había logrado algo que la joven nunca creyó capaz: hacer del ocio, un completo infierno. Y, en eso pensaba ella, cuando una risita llegó a sus oídos y la obligó a volverse hacia Andrea; quien la observaba con una sonrisa de oreja a oreja y un brillo extraño en los ojos.
-          ¿Qué? – murmuró la pelirroja, devolviéndole la mirada a su amiga con una ceja alzada e inquisidora.
   Andrea se acomodó un mechón castaño detrás de la oreja y se detuvo frente a la enorme cartelera naranja que se encontraba en medio del pasillo principal, antes de decirle a la otra, mirándola de reojo:  
-          Quizá debamos invitar a tu amigo a la próxima clase: ya sabes, así no te aburres.
    Y eso fue más que suficiente para que Rebecca se detuviese abruptamente y- por poco- dejase caer su bolso de la sorpresa…y los nervios. Pero que la jodieran si admitía eso último.
-          ¡¿Qué cosas dices?! – exclamó ésta, con las mejillas encendidas, y revolviendo estúpidamente entre las rústicas listas acomodadas sobre la plataforma de tergopol, a la vez que salvaba su bolso de una coalición segura contra el suelo. 
   Cuatro días pasaron desde aquél “incidente” con ese tal Bryan, y Andrea pareciera no querer dejarlo ir, molestándola con bromas y dobles sentidos constantes; hasta convertirlo en un irritante hábito.
   Hábito que, pareciera, no mermaría en lo pronto.
-          ¿Mm? ¿Qué fue lo que dije? – inquirió Andrea, pestañeando de una forma que pretendía ser inocente, mientras fotografiaba las listas de su interés con el móvil. Pero era más que obvio que estaba consciente de su reacción: su sonrisa la delataba. O, quizá, siquiera se molestaba en simularlo.
    Cabrona.
-          Espera, ¿te apuntas a las clases de Rock? – preguntó Rebecca, olvidando de a momentos su incomodidad tras observar las clases de su compañera por sobre el hombro de ésta.
-          ¡Pues claro, tontita!  - replicó ésta, entre risitas, cual si fuese lo más obvio del mundo. - ¿Qué esperabas?
    La verdad era que Rebecca veía a su amiga en una banda de Rock con la misma seriedad que a un hada en una correccional. Pero supuso que el arte era flexible… o algo así.
-          Pensaba que harías ópera o pop.- admitió ésta última, encogiéndose de hombros, mientras anotaba en su descuidada libreta los horarios de su próxima clase: había olvidado su móvil en el dormitorio.
    Joder, ¿se había despertado dos horas antes que el resto sólo para tener disponibles las clases de las nueve y diez de la puta mañana? ¿Es que llevaba encima un yunque kármico o qué?
-          ¿Ópera? ¿Por qué clase de aburrida me tomas, eh? – replicó Andrea, entre agudas risitas, y apoyando un codo sobre el hombro de la otra en un intento de que le prestase atención. No es que aquellos absurdos horarios fuesen mucha competencia, la verdad.- Lo mío es el Metal Sinfónico.- agregó ésta, con algo parecido al orgullo en su aguda voz.  
    Por la manera en que lo dijo, se suponía que Rebecca debía estar sorprendida. Pero la verdad era que ella nunca oyó hablar de algo así, e ignoraba qué grado de “diversión” pudiese llegar a tener un subgénero de Rock que llevase la palabra “sinfónico” consigo. Por lo que su reacción se redujo en un extrañado:
-          ¿Metal...sinfónico?  
    Andrea dejó de hacer lo que estaba haciendo para observar a la pelirroja con escepticismo, cual si no creyese la veracidad de su confusión. Y suspiró ruidosamente cuando llegó a la conclusión de que, en efecto, su compañera no bromeaba.
-          Ya sabes: tíos con violines eléctricos, chicas con voces sopranas, coros… de ese estilo. – explicó, finalmente, con infinita paciencia.
    Pero eso no hizo que Rebecca sintiese un mayor “respeto” por ello: ¿violines? ¿Coros? Todo eso sonaba a música de salón, la verdad. Aburrida y clásica música de salón ¿Y se suponía que eso era guay?  
   “De gustos no hay nada escrito, supongo”, pensó la pelirroja, si mucho interés, antes de encogerse de hombros y volver la mirada a la lista de horarios y anotar lo que le faltaba.
    Putos horarios. Puta vida.
-          Será mejor que sostengas tus cosas, Beck.- dijo Andrea, de repente. Y Rebecca no la vio, pero pudo sentir aquella sonrisa burlona surcando los labios de ésta.- Porque ahí viene.
-          ¿Qué…?
   La pelirroja no tuvo tiempo para replicar, puesto que en el preciso momento en que movió sus ojos del tablero de anuncios, Bryan y su grupo se acercaron hacia ellos.
   Dicho muchacho reía, junto con los otros, de algún chiste- aunque, ahora que lo pensaba, Rebecca no recordaba un sólo momento en el que éste no lo hiciese- pero calló al instante al verla. Y, por un momento, los ojos de ambos se encontraron. No de la manera romántica y clicherosa, tan aclamada en las películas, sino con una mezcla de confusión y ansiedad que sólo provocó que Rebecca se arrepintiese enormemente de aquél repentino contacto.
   Ella fue la primera voltear la mirada.
   Y él se rascó la nuca, extrañado, antes de retomar la conversación con sus compañeros y perderse en el fondo del vacío corredor.  
   Y todo volvió a sumirse en silencio.  
   Rebecca se mordió el labio y volvió a respirar: esos fueron, sin duda, los peores cinco segundos de su vida. Y, tan ensimismada se encontraba en su propia incomodidad, que no se percató de la mirada de Andrea, hasta que ésta exhaló un sorprendido:  
-          Vaya.
-          ¿E-eh?- farfulló la pelirroja, con las mejillas aún del color de la grana, y el corazón latiéndole fuertemente contra el esternón: un poco más y, estaba segura, explotaría.
    Su amiga ladeó la cabeza y la miró con pena, antes de señalar con un dedo el lugar por donde- hacía tan sólo unos momentos- Bryan y el resto habían desaparecido.
-          Eres pésima en esto, ¿lo sabías?
    Rebecca no se dignó a responder a ello: demasiado enojada estaba consigo misma y sus ridículas y nuevas emociones como para hacerlo ¿Qué le sucedía? ¿Y por qué le molestaba tanto la presencia de ese chico? Si no le hizo nada, en verdad. “Hace que me sienta como una estúpida”, pensó, incómoda en su propia piel.   
-          Espero que practiques un poco esa sociabilidad tuya, porque de lo contrario la pasarás muy mal.- comentó Andrea, quitándola de sus ensoñaciones de nuevo, y observándola con cierta preocupación en el rostro.  
-          ¿A qué te refieres? – murmuró Rebecca, tontamente, y haciendo acopio de todas sus fuerzas para volver a la normalidad.
    La sonrisa volvió a los labios de Andrea con renovada fuerza ante las palabras de la otra. Y, con un brillo en los ojos que a Rebecca no le gustó en lo absoluto, dijo:
-          Bueno, acabas de anotarte a todas las clases de Rock Convencional… y dudo que ese chico vaya a mis cursos, ¿sabes?
    La bajista observó a su amiga, con extrañeza, durante unos segundos. Y, en cuanto comprendió lo que ésta quiso decir, empalideció: entonces… ¿tendría que verle la cara a ese Bryan todos los días? ¿Luego de aquél bochornoso incidente en el corredor? ¿Y, para colmo, sola?
-          Ven conmigo.- dijo la pelirroja a Andrea, sin poder evitar el tono exasperado en su voz, ni el temblor de su labio inferior.
    Wow. De veras que estaba desesperada.
    Y la mirada burlona de su compañera no ayudaba en lo absoluto.
-          Lo siento, guapa. – replicó la otra, aunque sin mucha pena al respecto: era obvio que todo aquello le divertía muchísimo.- Pero creo que sólo compartiremos los teóricos.- agregó, con una enorme sonrisa.    
   Rebecca abrió la boca para protestar, cuando el timbre que indicaba las clases comenzó a resonar y la interrumpió, acaparando el campo acústico por muchos metros a la redonda. Y ahuyentando sus quebrantables excusas.
-          Bueno, ésa es mi llamada.- dijo Andrea, encogiéndose de hombros, y acomodándose el bolso lila al hombro.- ¡Suerte!  
   Y, tras dedicarle un guiño cómplice, la cantante se fue, dejando a Rebecca sola y consumida por los nervios.
  

***


   Rebecca no quería estar allí.
   Ni en aquél campamento, ni en el fondo de aquél salón, ni rodeada de todos esos extraños y- mucho menos- despierta. No.
   Rebecca, simplemente, no quería existir.
   Y, por si eso fuera poco, su profesor era el epítome hípster por excelencia: demasiado joven para enseñar- no debía de llegar a los treinta años- con gruesas gafas de carey y un aspecto cuidadosamente desalineado. “¿Cuántas horas habrá estado frente al espejo para que su cabello quedase así?”, pensó la pelirroja, con desagrado, observando aquella maraña de cabello rubio recogida en un extraño hopo, a un costado de su cuero cabelludo. Y ni hablar de esa barba: dios, era como si una rata estuviese succionando su barbilla.
    Pero las demás chicas de su grupo parecieran no tener problema alguno con ello, cuchicheando entre ellas- emocionadamente- y mirando al profesor de soslayo. Ugh.
    Era en momentos como ése en que Rebecca se preguntaba qué tanto habían evolucionado. “No lo suficiente como para que la gente viese atractivo eso”, pensó, frunciendo la nariz, con disgusto.
    Los primeros minutos sucedieron con bastante tranquilidad: el profesor se había sentado sobre el borde de su pupitre- ganándose un par de suspiros de parte de su nuevo “club de fans”- para hablar sobre los aspectos generales de la materia, mientras que el resto escuchaba y hacía preguntas. Todo iba bien, puesto que Rebecca lo único que debía hacer era apoyar la barbilla sobre sus brazos y esperar a que pasase el tiempo: estar en el fondo de la clase tenía sus beneficios, al fin y al cabo.
    Pero, por supuesto, era demasiado bueno para ser verdad. Y, justo cuando la pelirroja pensaba que aquél día no sería tan malo, el profesor se incorporó de su asiento y dijo:
-          Si aún no han formado bandas, les recomiendo que lo hagan ahora.
   Y no necesitó decirlo dos veces: en cuestión de segundos, las patas de los pupitres comenzaron a chirriar contra el suelo, y los campistas a entablar conversación unos con otros; en busca de potenciales compañeros.
   Menos Rebecca, por supuesto, quien no pudo más que quedarse congelada sobre su asiento, y con un terrible retorcijón en el estómago.
    Ella no quería formar una banda.
   Joder, ella siquiera quería estar allí.
   “Que no me vea, que no me vea…”, rogó la chica para sus adentros, y con los ojos pegados en su libreta. “Que siga con la clase y no me vea…”  
-          Rebecca Hudgens.
   Mierda.
   En cuanto el hombre habló, la clase se tornó en un repentino silencio y Rebecca pudo sentir las miradas del resto sobre ella: estupendo. Simplemente genial ¿Qué mejor que un poco de humillación pública para comenzar el día, eh?  
-          ¿S-sí…profesor? – farfulló la aludida, haciendo un esfuerzo supremo por ignorar a sus compañeros y mantener, aunque fuese, una mísera parte de su dignidad.
-          No tienes grupo. – declaró el profesor, acercándose hacia, libreta en mano.
   Pues, gracias por la observación, capitán obvio.
   Un par de risitas- provenientes del grupo de chicas cuchicheantes- llegaron a sus oídos y la pelirroja no pudo evitar ruborizarse a causa de la involuntaria atención: pareciera una cruel broma que, pese a encontrarse en plenas vacaciones, se sintiese como en la secundaria.  
    “Voy a matar a Lily cuando vuelva a casa”, pensó, encogiéndose como podía en su asiento, y evitando a toda costa las miradas curiosas del resto de la clase. “Y revivirla, para hacerlo de nuevo”
    Pero el profesor siquiera pareció percatarse de la situación- bastante insensible por ser un “artista”, a decir verdad- y, tras garabatear algo en su prolijo cuaderno negro, señaló a Rebecca un punto indefinido del salón, a unos metros de donde se encontraba.
-          Tocarás con ellos: a fin de cuentas, necesitan bajista.- dictaminó, sin dar lugar a preguntas.
   Haciendo lo posible por no hacer contacto visual con nadie- en especial, con las dos chicas que no paraban de reírse- Rebecca juntó sus cosas, las acomodó torpemente dentro de su bolso y se dirigió hacia donde el profesor veinteañero le indicó.
   Y no fue, hasta que sus rodillas chocaron estúpidamente contra el borde de un  pupitre- que la pelirroja levantó la mirada para encontrarse con sus forzados y futuros compañeros.
   Y quiso morir.
   Porque, desgraciadamente, conocía a uno de ellos. 
-          …Ey. – murmuró Bryan, con aire cohibido, y observándola de la misma manera que lo haría alguien frente a un animal herido y violento.
   Y no era el único.
-          …Ey.- replicó ésta, pálida como la cera.
   Por qué.
   ¿Por qué a ella?   




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