viernes, 6 de mayo de 2016



¡Yeta!



Luego de una buena racha, se corta el caudal
para recordarte que la vida no es perfecta.
Tropiezas repetidas veces, sin saber cómo pudo pasar.
Y murmuras, con angustia: ¡yeta!

Ayer todo iba bien, hoy… mejor ni hablar.
Los Astros no están alineados, no puedes progresar.
Al final del día, sólo te quieres recostar,
mientras te preguntas quién te deseó aquél mal.  

Se quemó tu desayuno, y para colmo, no hay café.
Alguien robó la sección de deportes de tu periódico.
Llegas tarde al trabajo, no hay tiempo que perder.
¿Algo más? Anuncian alerta meteorológico.

El coche se descompuso en medio de un embotellamiento.
Das un golpe fuerte sobre el volante, con rabia
que resultó ser la radio, que tras la violencia del gesto,
quedó atascada en una estación mal sintonizada.

Con media hora de retraso y diez empujones solidarios,
llegas al trabajo, sudoroso, cubierto de aceite.
Intentas infiltrarte hacia tu cubículo, con aire disimulado.
Y, cuando estás por llegar, te topas con tu jefe.

¿Despedido? No, tienes suerte.
Conservas la butaca, pero cambia tu labor.
Has perdido el aguinaldo, y ahora eres asistente
de ese tipo de la secundaria, que nunca te agradó. 

Llegas a tu casa, tras aquél día de pesadez existencial.
De ésos que, sabes, no aportan  productividad.
Te sientes inútil, un solterón aburrido y sin credibilidad.
Con el bolsillo vacío, y poca importancia en la sociedad.

¡Ja! Es tan mala tu suerte, que comienzas a reír.
La desesperación hace efecto en tu sistema.  
No sabes qué hacer, ni a dónde ir.
Esquivas gatos negros, espejos y escaleras.

¡Cuántas miles de cosas puede provocar un día malo!
Lo que ayer te hizo un Coloso, hoy te hace una rata almizclera.
Sabes que es normal, y algo por lo que ha pasado todo ser humano.
Pero no puedes evitar murmurar, con angustia: ¡yeta!


Copyright © 2016 Alexander Nells. All rights Reserved.